Esa frase, tan de madre y de abuela, que dice "somos lo que comemos" suele sonar en la vida de una persona día más, dia menos, cada cuatro o cinco meses.
El que lea esto puede quedarse con este dato, rigurosamente contrastado por mí mismo y mis secuaces, y con él en la cabeza, comprobará como es imposible que pasen cinco meses a partir de hoy mismo sin que alguien le asalte por la calle, en el trabajo, o incluso en la cama, da igual dónde, con esa frase, alevosamente y sin previo aviso.
Forma parte de ese grupo de frases que no significan nada y que todo el mundo dice compulsivamente muchas veces en su vida: no somos nada, lo importante es la salud, el futbol es así...
Pero indagando e investigando arduamente estas cuatro palabras, somos-lo-que-comemos, yo y mi grupo de expertos en retórica culinaria absurda (RCA) hemos constatado ante notario que esta frase realmente, a diferencia de otras estupideces que decimos en la vida, SÍ tiene un sentido.
COMERSE algo es una forma de posesión y si me apuran, de distinción social, que pesa como una losa en la conciencia del ser humano. Una persona que se lo come todo, así vulgarmente hablando, es un triunfador, un fornicador nato, un crack en los negocios, practica varios deportes, y en todos queda bien e incluso en algunos es el mejor.
Una persona que no se come nada es algo así como el personaje que interpreta Woddy Allen en las películas: fracasado en todos los aspectos de la vida, miserable y ruín, negado en sus relaciones con el sexo opuesto y con el propio, y que de haber practicado alguna vez algún deporte, habría hecho el ridículo o hubiera muerto.
La gente no considera igual comer un churrasco que comerse una espuma de mil euros en el Bulli. No se viste igual para comer en casa de una madre que en la de un posible amante.
Si no somos lo que comemos en relación de identidad, sí que es verdad de que lo que hemos comido, dónde, cómo y con quien , ha marcado nuestras vidas y ha hecho de nosotros, para bien o para mal, lo que ahora somos.
Por algo el sabor y el olor son los recuerdos más imborrables que se agazapan en nuestro cerebro.
Todo el mundo reconocerá el envoltorio de un caramelo SNIPE cuando lo vea, o la botella de una Mirinda, con su relieve helicoidal característico....pero seguro que el recuerdo será mucho más fuerte, como una bofetada, si en vez de verlo, lo probásemos, aunque fuera con los ojos vendados.
Más de uno lloraría (lloraríamos) al volver a probar esos caramelos, que corríamos a comprar en el kiosco más cercano al colegio, o al degustar aquel infame sabor al TANG que nos daba nuestra madre en la playa, o al paladear aquella Mirinda que bebiamos viendo los partidos del Mundial 82 junto a nuestro padre, de aquella con pelo...
Más de uno sentiría por unos segundos que el tiempo no ha pasado, y necesitaria mirarse en un espejo para reconocerse y reencontrarse con el o la que hoy somos, con la suma de todo aquello que hemos sido alguna vez, de todo lo que hemos comido.